martes, 27 de enero de 2015

CÓMO ORABA EL SANTO HERMANO RAFAEL...

No son contemporáneos estos dos grandes amigos nuestros,  pero creo que como buen cisterciense nuestro Hermanito Carlos de Jesús hubiese tenido muy cerquita del corazón las palabras del santo Hermano Rafael....
¡Qué grande es la misericordia de Dios! 
La forma interna de su oración
QUÉ GRANDE ES DIOS
Es evidente que Rafael practicó ampliamente la contemplación de la Naturaleza, con la que siempre vibró su sensibilidad. En las grandezas naturales veía el mejor reflejo de la grandeza divina. Ante un paisaje grandioso, ante la extensión ilimitada del mar, experimentaba su propia pequeñez, pero asimismo la pequeñez de aquellas mismas grandezas naturales comparadas con la de Dios:
“Cuando vemos la grandeza de Dios en la creación ¡somos tan pequeñitos! Pero cuando vemos el amor, y nada más que el amor..., entonces nos parece chico... Todo desaparece, y el alma se ensancha..., vuela a Dios, no hay sitio para ella... Qué pequeño es todo. La obra de Dios es grande y maravillosa, pero es infinitamente más grande y maravilloso el mismo Dios”
Rafael vibra intensamente con las bellezas naturales, pero éstas no son, en último término, sino un reflejo que nos debe remitir a su Modelo:

“Al contemplar los serenos cielos de Castilla, ese trapense ve en ellos la grandeza de Dios; su alma se abisma en la bondad del Criador, y elevando el corazón sobre las cosas de la tierra, prescindiendo de sus sentidos, y viendo la vanidad de todo, exclama: Señor, admirable eres en tus criaturas; por medio de ellas te manifiestas a mi alma, pero no permitas que en ellas me quede. Hermoso es el cielo, la tierra y sus moradores, pero no eres Tú, y a Ti quiero llegar a través de todo y de todos.”
Sería bueno releer en este contexto su meditación titulada: “Lo que veo desde mi ventana” para ver el valor, al mismo tiempo que la desproporción, entre la grandiosidad del mundo comparada con la de Dios. Claro está que esta espiritualidad del trascendimiento no anula el valor de la naturaleza como verdadero reflejo de Dios. El “abismamiento” no elimina la creación, la cual es asumida en la admiración amorosa del alma y es motivo de alabanza a la gloria divina:
“El alma se dilata al abismarse en la grandeza de Dios, manifestada en los cielos bajo los cuales ese monje trabaja... La creación entera está sujeta a la mano del hombre..., todo canta las glorias de Dios..., los trigos, las flores, los montes y el cielo... Todo es un concierto sublime de armonía; nada falta y nada sobra. Todo lo que hace Dios está bien hecho.”
Los términos utilizados al escribir de estos temas: dilatación, abismamiento, inmensidad, éxtasis, independientemente del alcance que tengan en su espíritu, revelan la experiencia frecuente del llamado sentimiento oceánico, de la ilimitación y la infinitud. 
Lo cual no tiene nada de extraño en alguien que pasaba horas admirando las obras de Dios y a Dios en sus obras con san Juan de la Cruz bajo el brazo. 
Motivos tenía para ello: tenía los acantilados del Cantábrico abiertos al mar, las montañas de Asturias con “los mares de niebla” encajonados en sus valles, la noches estrelladas de Castilla y tantas otras cosas, que fueron fuente abundante de experiencias espirituales, sobre todo en los tiempos en que su enfermedad no le obligó a vivir entre cuatro paredes.
Más adelante, cuando en razón de su aislamiento se vea alejado del contacto con la naturaleza, todo esto quedará en segundo plano, pero no desaparecerá. De hecho, fue una de las cosas a las que más le costó renunciar. La prueba de la importancia de este tema en su vida de oración, es aquella estampa dibujada poco antes de su muerte, que ha servido de modelo para la vidriera de su capilla en el monasterio de san Isidro. La estampa representa a un monje con los brazos extendidos entre montañas y árboles, que adora a Dios en la belleza proyectando tras de sí una sombra en forma de Cruz. Al pie puede leerse: omnis terra adoret te.
Sin embargo, la admiración no aparece sólo en presencia de lo exterior. Ya hemos dicho que también aparece en el recogimiento interior, cuando ese “trapense” de que antes nos hablaba -o sea él mismo- “reconcentra la vista en su propia alma, busca a Dios en su corazón y se retira al silencio”
Aquí, buscando a Dios en su interior, la admiración presenta al menos dos rasgos: uno es el asombro cada vez mayor por el amor desproporcionado de Dios, en primer lugar hacia él, a pesar de su pobreza, pero también en general; otro -complementario del primero- es la admiración por la Misericordia divina, que ejerce ese amor desproporcionado descendiendo hasta donde se halla el pecador, ocultándose en la humildad de un Sagrario y llegando, en la comunión eucarística, hasta el corazón mismo de la criatura.
Una meditación de su primera época expresa de forma muy bella este aspecto. En ella se ve cómo el asombro se convierte en oración, en una rumia de la Misericordia de Dios, frecuente en Rafael, en la medida en que se vio favorecida por su experiencia creciente de la pobreza y del sufrimiento:
Déjame, Señor, vivir al pie de tu Cruz...
“¡Qué grande es la misericordia de Dios. El alma de ese hombre, que hoy se ha acercado en la comunión a Dios, no sabe expresarla. ¡Qué grande es la misericordia de Dios! El corazón de ese pobre trapense que hoy, sin él comprenderlo, atónito de admiración, ha tenido dentro de sí a Dios..., no sabe decir nada.
¡Qué grande es la misericordia de Dios! Esta exclamación la va repitiendo lentamente, sin llegar a comprenderla... Su alma se abisma en la grandeza del Criador, que se digna descender hasta la criatura...
¡Qué grande es la misericordia de Dios!, va lentamente repitiendo por los claustros del monasterio, mientras las primeras luces del alba penetran poco a poco a través de los amplios ventanales, anunciando la aparición del sol... Y el nuevo día amanece como contestando con los trinos de los pájaros, y la alegría de la luz, a la exclamación de ese trapense, que allá adentro en su corazón, no se cansa de cantar las misericordias y las grandezas del dueño absoluto de la creación entera.”
El amor del hermano Rafael fue siempre admirativo. Lo fue incluso cuando se convirtió en un amor crucificado, y por tanto en una oración crucificada.

5. LA VÍA DE LA CRUZ
Como es sabido, la experiencia de Rafael está marcada por un sufrimiento elaborado espiritualmente en clave de identificación con la Cruz de Cristo. 
La experiencia de la Cruz fue un crisol y una escuela donde su amor espontáneo a Dios fue tomando la forma de la Cruz hasta convertirse en “amor eucarístico”, como él mismo le llamará. Ahí aprendió, no teóricamente sino en su propia carne, esa ciencia espiritual a la que dio diversos nombres: ciencia del amor, ciencia de la caridad o ciencia de la vida de Cristo , donde su espiritualidad adquirió su mayor hondura.
Él mismo dirá que aprendió esa ciencia a base de golpes y caídas. Pero sobre todo a base de leer esos golpes y caídas a la luz de Dios. Es decir, a base de mucho meditar, de mucho considerar, de mucho orar a los pies de la Cruz de Jesús. Por eso el sufrimiento, la Cruz: la suya en la de Cristo y la de Cristo en la suya, fue cada vez más el lugar preferencial donde se explayó la oración de Rafael y su amor “indistraído”. Así lo dirá él mismo al final de su vida:
“Déjame, Señor, vivir al pie de tu Cruz..., de día, de noche, en el trabajo, en el descanso, en la oración, en el estudio, en el comer, en el dormir..., siempre..., siempre. Es en la Cruz donde siempre he hallado consuelo. Es en la Cruz donde he aprendido lo poco que sé... Es en la Cruz donde he hecho siempre mi oración y mis meditaciones... En realidad no sé otro sitio mejor, ni acierto a encontrarlo..., pues quieto.”
Pues quieto, dice. Ahí quieto oró, meditó, clamó, lloró y recibió de la gracia sus más hondos consuelos. Porque la oración al pie de la Cruz es un poco todo eso: unas veces es escucha y meditación, otras clamor y quejido, otras ardiente súplica, otras llanto, otras quietud, consuelo y recogimiento del espíritu. De todo ello, lo primero es la escucha. La escucha de la Cruz, del Amor infinito clavado en un madero, y la consideración de todo lo que ahí nos enseña Cristo. En ella podemos aprender “el perfecto conocimiento de Dios y de sí mismo”. Conocimiento al que se llega escuchando, meditando,
“poniéndose ante esa Cruz en la que murió todo un Dios. A sus pies, y sin ruido de palabras, se llega a ver -a contemplar- el Amor infinito clavado en un madero. A sus pies se aprende a amar a Cristo, a “despreciar” el mundo y a conocerse a uno mismo” .
Sin ruido de palabras, dice. Porque la Cruz ha de ser ante todo escuchada, para ser aprendida. Por eso escribirá al final de su vida que “Jesús necesita almas que en silencio le escuchen”. Porque a la hora de la verdad nadie escucha la Cruz. Todos estamos embebidos en nuestra palabrería interior y exterior, en nuestro ruido, en nuestro “olvido” y nuestra “distracción”. Rafael dirá incluso que en nuestra locura, con la cual nos tenemos cuerdos:
“El mundo loco no escucha... Loco e insensato vuela embriagado en su propio ruido... no oye a Jesús que sufre y ama desde la Cruz” .
Ahí, en esa escucha, se aprende la ciencia de la Cruz, y se olvida todo lo del ego: “allí todo se olvida... Al ver tus llagas, Señor, un solo pensamiento domina al alma... Amor... sí, amor para enjugar tu dolor, amor para endulzar tus heridas, amor para aliviar tanto y tan inmenso dolor” . He ahí la Cruz escuchada.
Si embargo, al pie de la Cruz la oración no es siempre escucha. A veces, cuando el sufrimiento es demasiado, también es grito y quejido:
“Señor, ayúdame..., atiéndeme en la tentación; no me dejes, Señor, pues yo solo ¿qué podré hacer?... ¿A dónde iré con mi dolor? ¿Quién atenderá mis quejidos? Sufro, Señor, Tú lo sabes... ¿Hasta cuándo prolongarás esta vida mía, inútil para Ti, y para todos, pues aunque en momentos de generosidad deseo sufrir por el mundo entero, y me ofrezco a Ti, para lo que Tú quieras..., son tan pocos los momentos en que pienso así..., es tanta la sensualidad de mi carne, y la flaqueza de mi espíritu, que ya ves, Señor... cuántas veces desfallezco. Nada soy, y nada valgo... ¿Qué se puede esperar del lodo, del barro miserable..., débil y enfermo? Señor..., Señor, no tardes... Ayúdame; mira que mis pies vacilan si me veo solo... Mira que no sé hasta dónde llegaré y quisiera, Señor, llegar al fin, pero al ver mis pies ensangrentados, y con tanto dolor... ¿resistiré?... No me dejes, buen Jesús... Ampárame, Virgen María” .
Y junto al quejido, la súplica ardiente y el llanto:
“Agarrado a ella (a la Cruz) con todas mis fuerzas, juntando mis lágrimas a tu sangre y gritando con gemidos y aullidos..., queriendo volverme loco..., loco por tu santísima Cruz..., óyeme, ¡oh Señor!, atiéndeme y no desprecies mis súplicas... Limpia con el agua de tu costado mis pecados enormes, mis faltas, mis ingratitudes; llena mi corazón con tu sangre divina, y sosiega mi alma que no cesa de clamar: «Déjame, Señor, vivir junto a tu Cruz, y no permitas que de ella me aparte» .
Desde diversas perspectivas, el llanto ocupa un lugar muy importante en la vida espiritual de Rafael. Visto desde la oración, fue quizá su mejor vía hacia el recogimiento, ya que es sabido el poder que en este sentido tienen las lágrimas espirituales, consideradas desde antiguo como fuente de alegría, de pureza en la mirada, de pacificación interna y antesala de la contemplación. Rafael sintió por ellas mucho aprecio y las colmó de piropos. Las llama perlas que adornan el sagrario, obsequio que hace cantar a los ángeles, bálsamo, dulces quejidos del alma, canto dulcísimo que fortalece la fe, la esperanza y la caridad. Pero sobre todo las ve desde la perspectiva de la bienaventuranza de Jesús de los pobres, como el único consuelo de aquellos que nada tienen más que llorar delante del Señor:
“¡Qué intimidad tan grande la de Jesús con los que lloran! ¡Benditas lágrimas, penas y enfermedades, que son nuestro tesoro, lo único que poseemos, que nos hace acercarnos a Jesús, ya que el poco amor que poseemos hacia Él, es tan flojo y débil que solo no basta...!”.
La oración con lágrimas siempre es consolada. Por ellas, la Cruz, la experiencia de lo peor, se convierte en la experiencia de lo mejor, es decir de los consuelos divinos: esas “dulzuras inefables que se rumian en silencio, y que apenas el hombre se atreve a explicar” . Por eso, si por la Cruz le vinieron a Rafael sus mayores sufrimientos, también le vinieron sus mayores experiencias de oración, a las cuales podemos asomarnos a través del rocío de sus lágrimas. Estas experiencias, al menos hacia el final de su vida, alcanzan estratos muy profundos de su espíritu, como cuando escribe: “sentí su amor muy adentro”. En la Cruz escuchada, meditada, gritada, llorada y consolada vivió también Rafael su experiencia interna de la oración, acompañando a María.

6. BREVE CONCLUSIÓN
El secreto de la oración, en Rafael como en todos los grandes orantes, es el hambre de Dios y de verle, un hambre que mueve todas las fibras del ser hacia este objetivo. En el caso de Rafael, este hambre tiene la forma de un “ansia”, como él le llama tantas veces: de un ardiente e inextinguible deseo. En este sentido, a mí personalmente me gusta mucho la expresión “dictados del corazón” que aparece una única vez en sus escritos, cuando explica su vocación al Abad del monasterio en la carta en que solicita por primera vez su ingreso, y antes, por tanto, de cualquier relación con la enfermedad y la Cruz. Con ella expresa su vocación más natural y espontánea:
“Cuando hago mi examen y me veo un poco por dentro, veo claramente que no hago más que seguir los dictados de mi corazón, mis ansias de llenarme de Dios y nada más.”
El ansia expresa una pulsión amorosa que no tiene nada que ver con la emotividad sensible, sino que nace de aquel lugar interno del alma donde el Espíritu gime con gemidos inefables. En esa pulsión está el secreto de la oración de nuestro hermano, el motor que le impulsa a orar, porque ya hemos visto que su oración consiste básicamente en un “ejercicio de amor”, el cual, en la medida que es real, se afana y lucha por ser continuo e “indistraído”, ya que “el amor a Dios no podemos dejarlo quieto. Siempre más, siempre más” .
Esta tendencia al “siempre más” de un amor que no es posible dejar quieto porque entonces se muere, es la historia misma de la oración. Por ella sus diarias visitas a la Iglesia y al Sagrario, por ella su rumia de la Escritura y de los escritos de los santos, o su búsqueda de Dios en la belleza de la creación. Por ella sus risas y sus lágrimas, su riqueza y su pobreza y toda su vivencia del misterio de la Cruz. Por ella, y sólo por ella, estamos hoy aquí reunidos hablando de la oración en el hermano Rafael.
Antonio María Martín Fdz-Gallardo
Monasterio de Alloz

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